De carácter impetuoso, como Juan, a ambos los apoda “Boanerges”, hijos del trueno. Quizá por eso mismo, o por ser parientes de Jesús, forman parte con Pedro de su círculo más íntimo. Los que están presentes en la Transfiguración, en la resurrección de la hija de Jairo, en el grupo más próximo en la Oración del Huerto…
Pese a eso, dan tan poca prueba de entender lo que Jesús pretende como el resto. Un día envían a su madre, María Salomé, a pedirle a Jesús una recomendación: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No sabéis lo que decís”, les responde Jesús. Y da a todos una lección de servicio: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por todos”.
Pero, como el resto, se transforman con la Resurrección y el envío del Espíritu Santo. Se lanzan a anunciar el Evangelio por todas partes y Santiago, según una antigua tradición recogida en el Breviarium Apostolorum (un texto de finales del S. VI), recorre el Mediterráneo y llega hasta nuestra tierra. Concretamente a Galicia, y desde allí anuncia el Evangelio por diversos lugares de la península, contando con la ayuda de varios discípulos –los siete Varones Apostólicos- que le acompañan en su misión. Llega a Zaragoza desanimado por las dificultades y la Virgen María, que aún vivía, se le hace presente encima de una columna, fortaleciendo su ánimo. Los discípulos levantan un pequeño templo: es el origen del Santuario del Pilar.
Vuelto a Jerusalén, se desata la primera persecución contra los apóstoles y Santiago es el primero de ellos en morir, hacia el año 44, decapitado por orden del rey (Herodes Agripa). Su fiesta se celebra el 25 de julio.
La tumba del Apóstol
La tradición sigue diciendo que sus discípulos recogen el cuerpo y lo llevan en barco a través del Mediterráneo de nuevo a España (la traslación de los restos del Apóstol se celebra como fiesta litúrgica el 30 de diciembre), hasta llegar a Iria Flavia, donde le dan sepultura en un lugar cercano pero desconocido. Y ahí se pierde el hilo.
Esas historias eran conocidas de los cristianos visigodos, pero les daban poco crédito y nadie había buscado la tumba. Hasta que hacia el año 813, un ermitaño llamado Pelayo o Paio avisa al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, de la existencia de unas luces brillantes (“estrellas”, de donde viene el nombre de campo de estrellas, Campus Stellae, Compostela) sobre un monte no lejano, el monte Libredón. El obispo manda excavar y aparecen los restos del Santo. Es un gran acontecimiento. Avisado el rey de Asturias, Alfonso II el Casto, acude a venerar las preciadas reliquias, y ordena levantar una pequeña iglesia. Aquí comienza un movimiento de peregrinación al sepulcro del Santo, que pronto crecerá vertiginosamente.
La peregrinación
La comunicación pronta del hallazgo por carta al Papa León III hace el que el hecho sea conocido internacionalmente, y pronto serán cristianos de toda Europa los que peregrinen a Compostela. Se consolida el Camino a Santiago, una serie de vías que partiendo de Centroeuropa conduce a la tumba apostólica. Se levantan puentes, hospitales, monasterios... para atender al creciente número de peregrinos.
En 1121 un embajador del emir Ali Ben Yusuf da este testimonio: “Es tan grande la multitud de peregrinos que va a Compostela y de los que vuelven que apenas queda libre la calzada hacia Occidente”. Pero la primera “guía” de peregrinos es el Códice Calixtino (Libro V, de hacia 1139): “Allí van innumerables gentes de todas las naciones… no hay lengua ni dialecto cuyas voces no resuenen allí… Las puertas de la Basílica no se cierran ni de día ni de noche”.

A partir del siglo XV hay una serie de circunstancias (el Cisma de Occidente, pestes, guerras y hambrunas en toda Europa) que conducen a un progresivo declive del Camino. En 1589, ante las amenazas de los ingleses a las costas gallegas (atacan La Coruña y pretenden destruir Santiago), el arzobispo de Santiago Juan San Clemente oculta precipitadamente las reliquias del Santo. Eso supondrá la casi total desaparición de las peregrinaciones
Desde el siglo XIX se inicia una recuperación. Primero será el redescubrimiento de los restos del Santo, en 1879, en unas excavaciones bajo la dirección del canónigo López Ferreiro, uno de los mejores arqueólogos de la época. Es también cuando se acondiciona la cripta bajo el presbiterio. El Papa León XIII, en la Bula “Deus Omnipotens” (1884) anuncia al mundo católico ese descubrimiento y su autenticidad.
A partir de 1950 se reavivan las peregrinaciones europeas. Una serie de factores: las visitas del Papa, la difusión de los últimos años santos, el apoyo decidido de las instituciones sociales e incluso de particulares que ven en esto un negocio, la aparición de numerosas asociaciones de amigos del Camino.. Todos ellos han contribuido al auge espectacular de la peregrinación Jacobea.
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La autenticidad de la tumba de Santiago
Los hallazgos de 1879 fueron el inicio de muchos estudios científicos que establecen que, con toda probabilidad, se trata de la sepultura de un personaje cristiano importante, de tiempos apostólicos, de cierta edad, y muerto por decapitación.
Tras excavar en varias zonas, el canónigo Ferreiro decide hacerlo en la zona del ábside de la catedral, donde halla una urna funeraria, con aspecto de haber sido construida con mucha prisa y con material proveniente del antiguo sepulcro. En el interior se encuentran huesos pertenecientes a los esqueletos de tres personas, de los tiempos del cristianismo primitivo, y en distintas fases de la vida: dos de ellos tenían una edad media y uno de ellos estaba ya en el declinar biológico y con síntomas de degollamiento. Una muela atribuida a Santiago, que se encontraba en el relicario de la Catedral, encaja perfectamente en la mandíbula de este esqueleto. Igualmente se echa en falta una apófisis mastoides, pero consta que el obispo Gelmírez se la regaló a la catedral de Pistoya, donde se conserva como reliquia del Santo. De este modo se ha podido identificar cuál de los tres grupos de huesos pertenece al Apóstol.
Al levantar el Altar Mayor en 1878 se descubre la estructura de un viejo monumento funerario romano, en el que había tres sepulturas. El mosaico que cubría la tumba del apóstol tenía como motivo fundamental la flor de loto, símbolo cristiano del bautismo y la resurrección; esto indica el carácter cristiano del personaje allí enterrado. No hay ningún mosaico de este tipo en Galicia en época germánica. Los otros dos sepulcros, más sencillos, separados por una pared de mampostería, serían los de los santos Atanasio y Teodoro.
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